dijous, 13 d’octubre de 2011

Sin horizontes

Todo bien limpio
Hay quien nace en lugares sin horizontes. Nacen y se crían, allí donde las casas de enfrente están tan cerca que parece que se esté viviendo dentro de ellas. La luz entra a hurtadillas por entre las calles, tímida, a trompicones. Las sombras (o mejor, la penumbra) son dueñas. Lo explico en su sentido físico, aunque estoy convencido que todo ello tiene también su traslación a lo emocional o a lo social.


Crecer sin horizontes tiene una repercusión en el conjunto del desarrollo personal, en el ámbito individual, así como colectivo en el de la comunidad. No tengo dudas. Resulta muy difícil evolucionar hacia nuevos y diferentes estadios si nada te los evoca, si nada te permite imaginar que existan. Lo más parecido a un horizonte en esos lugares es el cabo de la calle. ¡Que paradoja! 
Estar al cabo de la calle significa estar perfectamente al caso de un asunto. Quizá por eso, porque algunos tienen la determinación de fijar mi mirada en el cabo de la calle, perciben que se deben obligar a sí mismos a buscar horizontes. Digamos que les pica la curiosidad. Por suerte.
Las comunidades cerradas en ellas mismas, como las de tantos barrios, tienen pocas oportunidades más allá de seguir cíclicamente replicando clichés. Los cambios, que ocurren, acostuman a venir de la mano de algunos aventureros que se deciden a transgredir lo de siempre, a viajar, a transitar por caminos desconocidos. El resultado les transforma en algo nuevo, híbrido. Visionarios incomprendidos o camaleones adaptativos...cada caso es particular. 


Libreria Marquès
Estoy convencido que el futuro (los futuros) son híbridos. Si esas personas son capaces de  instalar una realidad en otra para encontrar la suma de los valores de ambas, tienen la oportunidad de colaborar en la transformación de realidades y llevar horizontes allá donde no los hay.


Algunos lo intentamos.

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